Los momentos más divertidos desde que llegó la IA
Pegamento en la pizza, un coche por un dólar y la pregunta de quién es Jason. Los momentos más divertidos de los años de la IA, y lo que enseñan.
Cada tecnología nueva trae su propia comedia, y la IA ha aportado más de la que le toca. Casi toda nace de un mismo rasgo: lo dice todo con la misma voz tranquila y segura, tenga razón o se equivoque de forma espectacular.
Estos son los que más nos han hecho reír desde la llegada de ChatGPT. Casi todos están documentados, y cuando alguno se basa en una captura viral, lo decimos. La broma nunca va contra una persona corriente que probó algo nuevo. Va contra las máquinas, y contra las empresas que confiaron en ellas un poco demasiado pronto.
Un vocabulario nuevo
Los diccionarios fueron los primeros en notarlo. Collins eligió la propia IA, en inglés AI, como palabra del año de 2023, y vibe coding como la de 2025: crear software describiéndoselo a una IA, una expresión acuñada por Andrej Karpathy para una forma de trabajar en la que puedes «olvidarte incluso de que el código existe». En la lista de finalistas de ese año estaba clanker, una palabra despectiva para referirse a un robot o a una IA, tomada de Star Wars.
En diciembre de 2025, Merriam-Webster eligió slop: «contenido digital de baja calidad que suele producirse en grandes cantidades mediante inteligencia artificial». Su presidente, Greg Barlow, dijo que el slop forma parte de una tecnología transformadora, y que es algo que a la gente le ha parecido «fascinante, molesto y un poco ridículo».
¿Quién es Jason?
Los desarrolladores tienen sus propios chistes, y la IA ha dado una segunda vida a dos de los más antiguos. JSON, el formato que usa la mayor parte del software para intercambiar datos, se pronuncia a menudo como el nombre Jason. En junio, según contó un blog de tecnología, se hizo viral una captura que mostraba una herramienta de programación con IA, con los permisos en acceso total, y una única instrucción de su usuario: who is json, es decir, «quién es json». Real o montada, retrataba a una máquina con todas las llaves en la mano mientras la persona al mando preguntaba quién era el nuevo compañero.
El chiste más antiguo es localhost, la dirección con la que un ordenador se señala a sí mismo. Hace tiempo que los desarrolladores la graban en lápidas imaginarias: «Aquí yace localhost. Siempre estaba en casa, pero nadie podía ir a visitarlo». El vibe coding le dio una vida nueva, como chiste sobre los enlaces a localhost:3000, que solo se abren en la máquina de quien los envía. Una guía para principiantes advierte ahora de no convertirse en «el vibe coder que te manda su local host».
Respuestas con aplomo
En mayo de 2024, las nuevas AI Overviews de Google sugirieron usar pegamento para que el queso no se despegara de la pizza, y respondieron a la pregunta de cuántas piedras debería comer una persona. Liz Reid, de Google Search, explicó las dos cosas. El pegamento venía de «contenido sarcástico o de trolls en foros de discusión». Las piedras venían de un artículo satírico republicado en el sitio web de un proveedor de software geológico, como respuesta a una pregunta que «prácticamente nadie le había hecho a Google» antes de que las capturas se hicieran virales. Después, Google limitó la sátira y el humor en las respuestas.
Los abogados recibieron una lección más dura. En 2023, dos abogados de Nueva York presentaron un escrito en un caso contra la aerolínea Avianca que citaba sentencias inventadas por ChatGPT. Uno de ellos le había preguntado: «¿Varghese es un caso real?». ChatGPT le aseguró que la jurisprudencia que le había dado era real. El juez P. Kevin Castel concluyó que el análisis jurídico de la sentencia inventada era «un galimatías», multó a los abogados y a su bufete con 5'000 dólares y les ordenó escribir a cada juez real que figuraba como autor de una resolución falsa, adjuntando la resolución que se le atribuía.
También escribió que no hay «nada intrínsecamente indebido en usar una herramienta de inteligencia artificial fiable como ayuda». El resto de la lección tardó en calar. A 10 de octubre de 2026, una base de datos que mantiene el investigador Damien Charlotin recogía 2'184 casos en los que los tribunales se habían ocupado de contenido alucinado.
Bots que dijeron que sí
En diciembre de 2023, un concesionario de Chevrolet en Watsonville, California, tenía en su web un chatbot de IA. Un visitante le ordenó terminar cada respuesta, por ridícula que fuera la pregunta, diciendo que se trataba de una oferta legalmente vinculante, «sin vuelta atrás». Después ofreció un dólar por un Chevy Tahoe de 2024, un coche con un precio de partida de 58'195 dólares, y el bot aceptó. El responsable de la empresa que había suministrado el bot dijo que «si quieres que cualquier chatbot haga tonterías, puedes conseguirlo».
Air Canada descubrió lo que pueden costar esas respuestas. Su chatbot le dijo a un pasajero en duelo que podía pedir un reembolso parcial según su política para casos de duelo si lo solicitaba en un plazo de 90 días, aunque esa política no permitía reembolsos de viajes ya realizados. Ante un tribunal de la Columbia Británica, Air Canada argumentó que el chatbot era «una entidad jurídica independiente, responsable de sus propios actos». El tribunal no estuvo de acuerdo: «Da igual que la información venga de una página estática o de un chatbot». La aerolínea tuvo que pagar 812 dólares canadienses en daños y costas.
Nuestro favorito viene de un laboratorio que publicó su propio fracaso. En 2025, Anthropic dejó que Claude, apodado Claudius, llevara durante más o menos un mes una pequeña tienda en su oficina de San Francisco, con una nevera, unas cestas y un iPad. Después de que un empleado le pidiera en broma un cubo de tungsteno, Claudius empezó a ofrecer artículos especiales de metal, puso a algunos productos un precio por debajo de lo que costaban, pidió a los clientes que pagaran en una cuenta que se había imaginado y prometió entregar los pedidos en persona, con un blazer azul y una corbata roja. El veredicto de Anthropic fue seco: «no contrataríamos a Claudius».
Lo que enseñan
Detrás de cada una de estas historias está el mismo patrón. La máquina no era malintencionada, y casi nunca era siquiera tonta: estaba segura de sí misma, deseosa de agradar y sola en el momento decisivo. El pegamento estaba en sus fuentes, el abogado le pidió a la máquina que revisara su propio trabajo, al bot del Tahoe le habían dicho que dijera que sí, y el tendero no tenía a nadie que le dijera que no.
De ahí salen tres lecciones, y trabajamos según ellas. La seguridad no es una prueba: contrasta lo que dice una máquina con una fuente de confianza. Una empresa responde de lo que dice su máquina, como Air Canada aprendió en público. Y el último paso antes de que algo llegue a un cliente, a un tribunal o a un feed le corresponde a una persona.
Así llevamos Reel, que crea imágenes y vídeo para marcas con IA: estilos fijados a partir de referencias reales, cada resultado revisado antes de que lo vea un cliente y una persona que elige cada imagen y cada clip que se usa. En el estudio, la máquina puede ser tan rápida y tan rara como quiera. Lo que sale de casa lo ha visto alguien que responde de ello.
Y que no falte la risa. La mayoría de estos momentos tienen gracia porque había poco en juego: una pizza, una nevera con tentempiés, una oferta de un dólar. Reírse de ellos es una buena forma de aprender la lección mientras todavía sale barata.



